proyecto sexcalada

Sexcalada ya fue. Sexcalada ya ocurrió. Fue un viaje breve, pero no inútil.

Sexcalada fue un proyecto de educación sexual en el ámbito del montañismo que duró un puñado de meses.

PERO…

Me di cuenta de que no me encuentro cómoda reproduciendo las formas y la retórica de la educación sexual basada en la sexología sustantiva. Tengo demasiados peros atravesados en la lengua cuando emito mensajes. Y no es que yo no esté cómoda en medio de la duda, sino que, precisamente, me da la impresión de que, desde dentro de la sexología, como pasa con toda disciplina que se erige como tal, parece que lo que toca es hacer como si se supiera algo. Y yo me siento muy mal disfrazándome de experta en lo que sea. Por eso, la disposición pedagógica me queda grande. Igual que me queda grande la seriedad y el empaque performativos que son propios de la «profesionalidad».

A mí me gusta más quedarme en el terreno del pensamiento sin cristalizar. Me gusta quedarme en el lugar indefinido de la indeterminación, a pesar de la angustia de la incertidumbre, que, en realidad, es una alegría ahogada por la tristeza de la identidad. Quiero no saber y que se me note. No quiero parecer una monitora de educación sexual.

Quiero no ser. No saberme. Ni saber a lxs demás.

Preguntar.

Seguir siendo cualquiera. Ser banal y baladí. No pugnar por una idea ni querer ser referencia en un campo. No quiero desarrollar un proyecto original ni nada de eso.

Los textos que surgieron de este proyecto y que yo considero más interesantes los reproduzco a continuación por si a alguien le apetece consultarlos.

Gracias a quienes os habéis interesado en esto durante este pequeño recorrido.

¡Hasta pronto!

EDUCACIÓN SEXUAL SIN DISPOSICIÓN PEDAGÓGICA: CONTRA LAS EXPLICACIONES SOBRE EL CUERPO

El otro día, escuchaba a Alexandra Kohan hablar en el podcast «El sueño de Pandora» sobre la necesidad de que los feminismos salgan de la disposición pedagógica, de la explicación y de la interpretación constantes. Y creo que este planteamiento es aplicable a la educación sexual.

Puede parecer paradójica esta voluntad de salir de la disposición pedagógica en un proyecto educativo, ¿verdad? En efecto, pero es que, más allá de la puesta en común de una serie de cuestiones sanitarias, la educación sexual, por lo demás, es sobre todo un camino de desaprendizaje, de escucha y afirmación de la diferencia, de dejar de saber lo que es un cuerpo. Porque explicar un cuerpo (que siempre es en términos de la idea de cuerpo anatómico «funcional» y/o moral) es bastante poco emancipador.

Agustín García Calvo lo decía de este modo: saber el cuerpo de cada cual es matarlo. Y para dejar de conocer el cuerpo hay que liberarlo de la idea de sí mismo. Esto implica dejar de saber realidades falsas, como que un cuerpo de hombre es solo el que tiene pene y ciertas composiciones hormonales y cromosómicas y cosas por el estilo. Porque los cuerpos sexuados son cuerpos que no se saben, son cuerpos en continuo proceso de estarse sexuando. «Nadie sabe lo que puede un cuerpo», decía Spinoza. Y no era una proclama neoliberal para retar a las grandes figuras heroicas a poder más o a explorar/explotar sus límites hasta el desfallecimiento, sino que era más bien una invitación a constatar que no se sabe lo que puede, lo que es, un cuerpo.

Saber los cuerpos como los sabe cierta rama de la ciencia y de la anatomía es matar lo que de vivo habita en ellos.

El deporte, por supuesto, es parte del dispositivo de conocimiento, disciplinamiento y muerte de los cuerpos vivos: los sabe mucho, con muchos números y muchas cifras. Y, por lo tanto, no sabe nada ni de ti ni de mí, ni de cada cual, ni de cualquiera.

EL CUERPO SEXUADO NO ES UN CUERPO ANATÓMICO

El cuerpo sexuado no es un cuerpo anatómico; o, usando los términos de Deleuze y Guattari, no es un cuerpo con órganos.

¿Esto qué quiere decir?

Pues que el cuerpo sexuado es un cuerpo no hecho a base de descripciones científicas de sus componentes y funciones, de sus secreciones y composiciones orgánicas. Un cuerpo sexuado no es ni el de la autopsia ni el de la descripción pedagógica de manual de medicina (todo esto también nos lo recordaba hace poco Bruno Martínez en alguno de sus escritos).

El cuerpo sexuado no se reduce a un determinado rango de cantidades hormonales, ni a unos determinados genitales, ni a una cierta disposición cromosómica. El cuerpo sexuado es el que aflora del continuo proceso de sexuación. Es la singularidad sometida a un perpetuo proceso de individuación particularísima.

El saber anatómico-científico, como establece Jonathan Martineau en su texto «Contra el realismo anatómico», no es malvado, pero sí lo es «su pretensión de superioridad moral, su pretensión de veracidad, su descrédito a otras imaginaciones». El saber anatómico-científico es útil en determinados contextos y situaciones, pero es inadecuado en otros muchos momentos y espacios. En otras palabras, el discurso anatómico-científico no agota lo que es un cuerpo, por mucho que lo pretenda.

En el ámbito del deporte, sin embargo, domina el discurso anatómico. Se entiende el sexo en términos anatómicos y de ahí la absoluta intolerancia con los cuerpos sexuados. Pues los cuerpos sexuados evidencian el desbordamiento con respecto a las anatomías (basadas en descripciones «científicas» que, como nos cuenta Anne Fausto-Sterling, no están exentas de metáforas, prejuicios, opiniones y creencias).

El deporte, por definición, es una práctica de los cuerpos anatómicos. El juego, por su parte, está abierto a los cuerpos sexuados.

EL SABER SOBRE EL SEXO COMO CIENCIA DEL YO (DEL SUJETO)

En su «Historia de la sexualidad», Michel Foucault nos advierte de que, dado el devenir histórico en el tratamiento epistemológico del sexo, este se ha vuelto el eje central sobre el que pivota una ciencia sobre el sujeto.

La política de la confesión religiosa dio lugar a la política de la confesión médica y psicológica. El sujeto sabe algo (pero no todo) de sí mismo que tiene que expresar (confesar) frente a la autoridad de turno para que esta pueda interpretar la confesión (extraer de ella la parte de verdad de la que el sujeto carece): «le decimos [al sujeto] su verdad, descifrando lo que él nos dice de ella; él nos dice la nuestra liberando lo que se esquiva».

Cabe preguntarse cuáles son las implicaciones de tal ciencia del sujeto y qué relaciones guarda con las técnicas del yo (que era lo que a Foucault realmente le interesaba, como establece en una entrevista con Hubert Dreyfus y Paul Rabinov). ¿Cómo se construye un yo que está obsesionado con analizar científica y profesionalmente todas las partes «oscuras» de sí mismo, es decir, aquellas que sabe expresar pero no sabe interpretar?

La interpretación profesional del discurso del sujeto cae en el riesgo precisamente de la aproximación representacional al lenguaje. Es decir, corre el riesgo de considerar que todo fragmento discursivo representa algo (otra cosa oculta) que es menester interpretar adecuadamente.

Es un riesgo en el que también pueden incurrir la sexología y la educación sexual; por eso, hay que prestar mucha atención. Porque situar al sujeto en el centro de su propio proceso (concederle el protagonismo) no es lo mismo que practicar una ciencia del sujeto de manera tirana y extractivista. Todo saber que se instituye como disciplina, no obstante, está cerca de lo segundo (porque la ciencia es un dispositivo con inercia). Por eso, hay que desertar muchas veces durante la vida de la epistemología de la confesión, tan íntimamente ligada, por cuestiones historicas, al sexo.

En el ámbito deportivo, la política de la confesión está especialmente presente a nivel de competición. La aceptación de un cuerpo en una categoría depende de la confesión somática que este realice, por ejemplo.

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