“Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de las naciones donde domina la civilización capitalista […]. Esta locura es el amor al trabajo.” Esta es una de las frases de Paul Lafargue en su famoso escrito El Derecho a la Pereza. Hace tiempo que tengo ganas de escribir este texto. Exactamente, once meses deseando hacerlo. El anhelo apareció en noviembre de 2019, cuando vi la campaña del rocódromo Sputnik, “Movember”. Por supuesto, no se trata de poner en duda la importancia de una campaña de esta índole, sino más bien, de pensar en los modos en los que se llevó a cabo. Dicha campaña estéticamente implicó que los cuerpos de lxs trabajadorxs de la empresa —y de lxs usuarixs que así lo desearan en algún momento— se visibilizaran con un mostacho en el rostro —un gesto que también se ha realizado en otras empresas de otros sectores (ya que es la Fundación Movermber la que anima a dejarse crecer el bigote durante el mes de noviembre como muestra de solidaridad con la causa: la lucha por la salud masculina, centrada en promover una mayor atención sobre enfermedades como el cáncer de próstata o el de testículos…; “movember” viene de MOustache + noVEMBER), sin embargo traigo a colación el hecho de que desde un roco se haya realizado también de este modo la campaña a posta—. Para los cuerpos de las personas que no generan pelo en la cara, era fácil salir y entrar de esa campaña, supongo: me pongo el bigote postizo, me quito el bigote postizo. Fácil. Sencillo. En cambio, hubo otros cuerpos que se dejaron crecer el bigote. El resultado era que una decisión laboral —porque aunque la campaña sea social, no deja de estar incrita en el ámbito laboral— se manifestaba en su propia piel, en su propio pelo, en su cuerpo. Un cuerpo que, cada día, después de la jornada laboral, se llevaban a casa o a la furgo o donde fuera arrastrando esa decisión laboral en forma de bigote. Evidentemente, no estoy diciendo que lxs trabajadorxs del Sputnik sean pobres diablos que pasan por cualquier aro. No pongo en duda la capacidad subversiva de nadie —aunque el ámbito laboral siempre es un terreno empantanado donde unx acaba deviniendo mercenarix fácilmente; al menos, a mí me ha pasado a menudo—. Alienación, que dicen algunxs: devenir la empresa no solo porque la empresa nos robe el tiempo de vida, sino porque nos identificamos con ella y la ejercemos a pelo. ¡Pero a mí me gusta mi trabajo!, dirán algunxs. El problema no es que nos guste o no nos guste la actividad que realizamos al trabajar. El problema no es la actividad en sí: el problema es el trabajo que la atraviesa. Por eso, ya digo, yo solo planteo la cuestión para pensarla.
Porque esto, justamente, me hizo pensar en el tema de lo laboral y el mundo de la escalada y el montañismo. Creo que esa dificultad para discernir entre el colega y el trabajador es especialmente evidente en lxs deportistas profesionales, en lxs trabajadorxs de los rocódromos y en lxs trabajadorxs autónomxs que ejercen como guías o imparten cursos. Creo que es lícito considerar que existen estrategias para fugarse del trabajo, para sabotearlo, para disimular. Sin embargo, es necesario tener la mosca detrás de la oreja: porque el trabajo es muy capaz de atrincherarse en nosotrxs. Y en esos momentos, es imposible la amistad.
Es imposible la amistad en el momento en el que el cuerpo con el que me relaciono no sé si es el de la empresa —porque la persona trabajadora es también la empresa aunque no esté en la posición jerárquica dominante— o el de mi colega. Puedo tener una solidaridad de clase con esa persona, pero no una amistad. Es imposible la amistad conmigo en el momento en el que no sé si estoy trabajando o no y mi colega no sabe quién soy o qué soy. Cada vez, es más frecuente que en las ofertas de trabajo se soliciten como características para cubrir un puesto una serie de requisitos relacionados con la personalidad: “persona extrovertida”, por ejemplo. No creo que la extroversión tenga que ver con la profesionalidad ni con la capacidad para ejercer ciertos trabajos —o casi diría que ninguno—. Sin embargo, ahora es muy común que los rasgos de personalidad sean explicitados como condiciones sine qua non. De manera que incluso lo que soy íntimamente se pone en juego para la reproducción del trabajo. Pongo lo que soy a disposición de la máquina de valor y, a la vez, mi propio cuerpo capturado se convierte en imagen corporativa. No hay rocódromo que no haga gala de sus trabajadorxs eternamente sonrientes, como dispuestxs en una vitrina siempre transparente. Porque la transparencia no solo es garantía de democracia, también es dispositivo de vigilancia y de marketing espectacular. Mucho nos apenábamos de lxs trabajadorxs que llevan el cartel de “compro oro” a cuestas. ¿Hay alguna diferencia entre ellxs y lxs demás? Al menos, ellxs se pueden quitar el cartel claramente, no lo tienen incrustado en la carne. Hay veces que, cuando hablo con X no sé si hablo con X o con un tentáculo de Sputnik, Urban Monkey, Climbat, Roc30, Indoorwall…
Es mentira, sí lo sé, porque hemos aprendido todxs el arte de encontrar espacios de encuentro. Chispazos en los que nos practicamos el exorcismo todxs y dejamos pasar la corriente eléctrica. Sin embargo, también acontece lo contrario: también hay amigxs que perdemos para siempre en las garras biopolíticas del/x trabajador/x institucionalizadx.
El montañismo no es garantía de libertad. Escalar no es una práctica intrínsecamente subversiva.
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